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Mocha and Concha

Haciéndote desear no saber leer desde 1992

Mocha and Concha

Haciéndote desear no saber leer desde 1992

tres años

Posted on December 17, 2023 By shaiduck

En este momento estoy en un tren con destino a Vancouver, siendo esta la última parada. Veo los árboles pasar a gran velocidad pero no demasiada. Veo una capilla roja que se alza a lo alto, no estoy seguro de dónde estoy y no quiero voltear a ver la pantalla para averiguarlo. Decidí tomar el asiento que mira hacia el este, me pregunto si tendrá algún significado o todo eso se ha quedado en el pasado. Por un rato no vi más que los asentamientos humanos pero una vez sales del área colindante a Seattle puedes ver bellas montañas y lagos a lo largo del trayecto. Si se viaja de Seattle a Vancouver, uno debe mirar al oeste para tener las vistas más hermosas, excepto si es cerca del amanecer.

Hace ya mucho tiempo atrás, el suficiente para ser un vago recuerdo pero no tan lejano que sea ya un recuerdo olvidado, me encontraba viajando hacia Teziutlán. Era la primera vez que viajaba de vuelta, luego de haberme movido 2990 millas hacia el noroeste.

Lector, debo decir que miento. No llevo más que un párrafo y ya he mentido un poco, lo lamento. Pero es que no es una mentira, es la verdad que siente mi corazón. Viví una temporada en Guadalajara, lugar desde donde emprendí mi viaje al noroeste del pacífico, pero si se me permite asincerarme: Guadalajara tenía un cachito de mi corazón, pero jamás tuvo suficiente de él para considerarse mi hogar, ni tiempo suficiente para que creciera un corazón nuevo.

Tengo la fuerte creencia de que el corazón, como el páncreas, es capaz de crecer de los pedazos dado el tiempo suficiente. Justo ahí, en esa pequeña capacidad de recuperación es que yace uno de los peligros más grandes cuando no se le trata al órgano con el cuidado correcto: si el corazón partido no se logra parchar en el tiempo debido, este quedará dividido en distintas unidades independientes y con sus propios deseos. Sabe Dios lo complicado que es vivir con un corazón, no hay muchos que conserven la cordura al tener que escuchar voces discordantes en su pecho.

La distancia entre Guadalajara y Seattle son 2609 millas. ¿Sabe usted cuántas dudas caben en ese tramo?

Llevaba ya unos meses de residir en una dirección que no podía enunciar sin verle en mi celular. Nuevo código postal, nuevo código de área, nuevo número de teléfono, new game plus.

Hace unos años, un té de col me mostró el juego Kingdom, en uno de los pocos viajes que hicimos juntos. En este juego, uno toma el control de un rey que ha quedado varado en una isla luego de encallar su nave. Dicho rey anda a caballo por la isla, obteniendo recursos y reclutando personas para intentar re-construir su reino. Aunque más bien que re-construir (algo que ha sido derribado y se debe intentar reparar), el rey debe re-construir (intentar construir un reino con el mismo esplendor que tuvo su reino anterior, aquel que abandonó al embarcarse).

Si no se tiene cuidado, y a veces cuando se tiene cuidado, así se siente la vida. Una secuencia de reinos construidos: hogares amueblados, calles tapizadas de recuerdos con personas de las cuales sabes todo un día y al otro no sabes ni en qué parte del mundo se encuentran. Llegado el momento, sea que la isla no puede darte más o te dan miedo las raíces que crecen a tus pies, decides partir a un lugar distinto. A construir un nuevo reino. Un reino con el mismo esplendor que el reino que se deja. Y es entonces que por propia decisión, uno se encuentra a caballo nuevamente en zonas desconocidas, en partes del mapa que no han sido desbloqueada, con peligros que uno no imagina.

En aquel primer viaje de vuelta me embargaban distintas emociones, todas ellas buenas. Extrañaba a casa de una forma en la que pocas veces le había extrañado. Hasta entonces, no había experimentado un periodo tan largo sin abrazos, para empezar. Hoy día he vivido sequías más largas y más frías. Me decidí por hacer el viaje más ameno y comencé a leer 100 años de soledad.

No solté el libro más que para los trámites necesarios: llegar al aeropuerto, pasar seguridad, abordar el avión, desembarcar del avión, pasar por migración, salir al aeropuerto de Guadalajara, volver a pasar por seguridad, buscar la puerta de abordaje, abordar, desembarcar, correr a la terminal de autobuses, tomar el autobús más próximo a salir, bajar en la terminal de Puebla, tomar un nuevo autobús que me lleve a la ciudad de mi destino, bajarme del camión y tomar un taxi hacia la casa de mi madre. Esto sin contar los momentos de comer e ir al baño. Cuando terminé el viaje, el libro estaba cerca de terminar conmigo.

He escuchado decir que para leer 100 años se requiere de un mapa mental, un árbol geneálogico y distintas formas de seguirles el rastro a los personajes. A mi parecer, esto no es necesario si en ningún momento dejas que las páginas te suelten. Lo que sí puedo recomendar a los lectores de este libro, es tener el contacto de una terapeuta a la cual hablar tan pronto se termine la lectura.

Una vez cerrado el libro, caí en una depresión de 3 días. Lloraba a ratos a esos personajes que existieron sólo ayer y hoy no eran más. Les extrañaba como se extraña etapas pasadas. En el libro llevaban muertos muchos años, y en mi corazón les añoraba como amistades de la infancia. Lloré sus muertes dos veces: cuando murieron en su mundo, y cuando su mundo murió al dar vuelta a la última página. Sostengo desde aquel entonces que ningún ser humano nació para vivir 100 años en dos días. Al menos, yo no.

Cuando me pongo a verlo de esta manera, es entonces que no me sorprende mi estado anímico actual. ¿Qué será de mí ahora que me ha tocado vivir 3 vidas en 3 años?

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